lunes, 1 de mayo de 2017

Viaje de Reiki a Japón - Kioto




La llegada al aeropuerto de Osaka (Kioto no tiene aeropuerto) se produjo a lo largo de todo el día. Algunos aterrizaron a las diez de la mañana, otros a las siete de la tarde. Era sábado. Decidí empezar las clases el día siguiente a las diez de la mañana. Acordamos encontrarnos a las 9.15 en el vestíbulo del hotel para salir caminando juntos hacia el estudio de yoga y meditación que habíamos alquilado para las clases.

El hotel estaba situado en el distrito de Gion, muy conocido por ser el barrio de las geishas de Kioto. Pero Gion es mucho más. Muchísimo más. Es un distrito en el que perdura el Japón que deseas encontrar cuando vas a Japón. Sus callejuelas laberínticas con casas de madera, fanales rojos, kimonos y restaurantes típicos de Ramen te permiten viajar a una época no muy lejana pero sí añorada. Gion e Higashiyama, el distrito vecino, son el Japón de las historias japonesas.

Después de las presentaciones, los saludos y los abrazos nos dirigimos caminando al estudio donde pasaríamos las mañanas durante nuestra estancia en Kioto. Veinticinco minutos caminando según el GPS. Salimos del hotel y seguimos la calle principal durante unos doscientos metros, giramos a la derecha en un pequeño callejón para encontrarnos nuestro primer regalo no esperado: Una entrañable calle que seguía un canal de agua cristalina, pirenaica, en medio de la ciudad. El paseo no podía ser mejor. El GPS no había considerado en sus cálculos que los ‘paseantes’ llevaban cámaras fotográficas y móviles. Tardamos bastante más de lo previsto. Después de la entrañable calle, una torii de espectaculares dimensiones. Una torii es una puerta que representa el paso de lo profano a lo sagrado en la tradición sintoísta. Son puertas-arcos que encuentras en todas partes en Japón y que, normalmente, están pintadas de un anaranjado chillón (tienes una en los emoticonos de WhatsApp, junto a los templos). Después de la torii rodeamos un enorme templo para llegar a una calle ancha que nos llevaría muy cerca del estudio. Este se encuentra en un barrio tranquilo y tradicional del antiguo Kioto. 

El estudio resultó ser exactamente lo que necesitábamos: Un lugar tranquilo y acogedor. Como es costumbre en Japón nos recibieron con un té y una sonrisa. Nunca te cansas ni del té ni de la sonrisa. Nunca. Empezamos las clases con nuevas presentaciones y un esquema de lo que veríamos durante los próximos días. Meditamos. Recitamos los Gokai (los principios de Reiki). Practicamos Reiki. Esa primera clase me emocionó. Mi primera clase de Reiki en Japón. Me sentía feliz. La clase duró tres horas. La felicidad aún perdura.

Después de comer todos juntos cerca del estudio nos dirigimos paseando, sin prisa e ilusionados, hacia Higashiyama. Casas de madera, toriis, árboles centenarios, templos, kimonos, tiendas de cerámica, té macha, cerezos casi en flor, más templos, más kimonos, más té macha… El paseo fue un regalo para todos. Ni rastro de jet lag durante el día. Visitamos el templo Kiyomizu dera, hicimos una pequeña ofrenda y bebimos de dos de los tres arroyos sagrados del ‘templo del agua pura’. Beber de los tres se considera codicioso. Según la leyenda las aguas de los tres arroyos  regalan a quien bebe de ellas, salud y longevidad, éxito en los estudios y amor. Un regalo en cada arroyo. Debes escoger dos. Al atardecer regresamos caminando a Gion. Llovía. Cenamos en un pequeño restaurante cercano al hotel y fuimos a acostarnos. Un primer día inolvidable.

Cada mañana andamos contentos nuestro camino al estudio. Lo disfrutábamos. Al llegar al estudio un té y una sonrisa. Tres horas de Reiki para terminar comiendo cerca del estudio. Una rutina que parecía gustar a todos. A mí también, por supuesto.

Uno de los días fuimos a Arashiyama, en las afueras de Kioto, teníamos reserva para cenar en un restaurante que me habían recomendado. Conocía la zona pero no el restaurante. Estaba un poco nervioso por si no era lo que esperaba que fuera. Seguimos las indicaciones del GPS por las calles de Arashiyama y descubrimos un precioso jardín japonés y 500 estatuas de piedra que representaban 500 alumnos de buda. Bambús y silencio alrededor. Era el restaurante. Tada, el dueño, nos recibió con una sonrisa y un té. ‘¿Barcelona?’ preguntó con un entrañable acento japonés. No parecía saber pronunciar mi nombre así que hice la reserva a nombre de ‘Barcelona’. Para llegar al edificio principal del restaurante cruzamos otro extraordinario jardín japonés. Me fascina la belleza que consiguen quitando en lugar de añadiendo. Un jardín japonés es zen, no tiene mucho pero no le falta nada. Tardamos en entrar al restaurante. La belleza resulta siempre cautivadora. El interior del restaurante era aquello que sueñas encontrar cuando vas a Japón: Tatami de bambú, mesas bajitas, música japonesa, camareros y camareras en kimono y té en la mesa. ¡Ah! Y sonrisas. Comimos los ‘entrantes’ sentados en el tatami de bambú mientras el tofu, especialidad del lugar, se cocinaba frente a nosotros. La decoración del interior era como la del jardín: Casi nada pero todo. Los grandes ventanales en las paredes de bambú permitían admirar el jardín mientras cenábamos. Sacar el móvil para hacer una foto parecía una irreverencia. No sé el porqué, pero no encajaba. Disfrutamos de la comida y de la experiencia. Decir que me sentí aliviado sería injusto, me sentí feliz, muy feliz. El restaurante se llama Yodofu Sagano.  

Hace ya suficientes años que doy clases como para empezar a conocer la responsabilidad que supone y, a la vez, comprender que no todo depende del que enseña. El grupo resultó ser lo que siempre debería ser cuando das una formación de maestría de Reiki. Disfruté mucho cada clase. Reiki. Nada más. Las tres horas de la mañana pasaron siempre deprisa, muy deprisa. Uno de los días ni siquiera me percaté de que hicimos una clase de cuatro horas. Mark, el dueño del estudio, me lo recordó delicadamente tratando de no interferir en la clase. Ni rastro de malestar. Levantarse por la mañana, caminar junto a amigos y compañeros en este extraño viaje que es el camino del Reiki y de la vida, disfrutar de tres horas de Reiki intensas y significativas, comer juntos para terminar disfrutando de alguno de los miles de rincones que Kioto ofrece es algo realmente difícil de ser igualado. 

Hubo un día en Kioto que fue, para mí, muy especial. Después de la clase de la mañana y de comer pizza, a todos nos apetecía un poco de ‘occidente’, visitamos Ginkaku-ji, el pabellón de plata que no es de plata. Kioto tiene alrededor de 2000 templos, muchos de ellos de exquisita belleza. Posiblemente la decisión que más me costó tomar al organizar el retiro fue dejar fuera del programa el templo dorado. Escogí en su lugar Ginkaku-ji. El templo dorado es, para mí, la mejor fotografía que te puedes llevar de Japón. Pero el viaje no iba de fotografías ni de Instagram, iba de Reiki y del camino de auto conocimiento que inevitablemente Reiki conlleva. 

Ginkaku-ji es un templo muy conocido, bello, excelso… Pero lo que realmente cautiva son sus jardines japoneses de belleza única. Solo al ver las fotos que, sin poder evitarlo, tomas del lugar te das cuenta que no transmiten en absoluto la pureza y la belleza que sientes cuando paseas, entre emocionado y vulnerable, por los caminitos marcados de los jardines. El agua, indispensable en todo lo japonés, los bambús, la delicadeza de los cuidados en los pequeños rincones, la arena perfectamente alisada… Hay dos palabras que definen los jardines japoneses, y en especial los jardines de Ginkaku-ji: Elegancia y belleza. En Ginkaku-ji la elegancia y la belleza son de tal magnitud que alcanzan el sentimiento espiritual.

Después de poco más de una hora en el recinto del templo, otro regalo para el alma, mi paseo preferido en Kioto: El Sendero del Filósofo. En mayúsculas. En minúsculas sería una falta de respeto. Recibe su nombre en honor a Nishida Kitaro, uno de los filósofos más famosos de Japón, que practicaba meditación mientras caminaba esta ruta diariamente desde su casa a la universidad Kioto. El Sendero del Filósofo son 1800 metros de placer y reflexión. El camino discurre junto a un pequeño canal de agua transparente y limpia y bajo la sombra de cientos de árboles de cerezo. Según mis pronósticos y mis deseos los cerezos debían estar en flor. No lo estaban. El invierno se alargó y mis pronósticos fallaron. Que los cerezos aún no estuvieran en flor tuvo dos repercusiones importantes: Perderse uno de los espectáculos más bellos de Japón y poder disfrutar del paseo casi en solitario. Durante los primeros doscientos metros del Sendero todos sentimos un poco de frustración; después de esos doscientos metros, los que los turistas de foto recorren, caminamos un kilómetro y medio de felicidad, vulnerabilidad e inmortalidad. El Sendero acabó. Seguimos caminando. Nadie quería no caminar. Cuando te das cuenta que al caminar avanzas no deseas detenerte ni a descansar. La parte norte de Kioto es un regalo. Normalmente está vacía de gente y de cámaras. Ese día caminamos alrededor de cinco kilómetros pero avanzamos cientos. 

Reiki Ryoho tiene tres influencias elementales: el budismo, Japón y el sintoísmo. Imposible decir dónde acaba una y empieza otra. El viaje pretendía experimentar las tres para poder acercarse un poco más a la comprensión del camino de Reiki. Supongo que cada uno los sentimos a nuestra manera, pero creo que todos lo sentimos. Después de varios días de baños de Japón y budismo quería nadar en sintoísmo. En Kioto está uno de los lugares más sagrados de esta ancestral religión/creencia/cultura japonesas: Fujimi Inari. 

Fujimi Inari es un santuario dedicado al Kami (Dios) del arroz. Es el lugar más visitado de Japón por los japoneses y por los extranjeros que viajamos a Japón. Sus miles, y digo miles porque son miles, de toriis vermellonas a lo largo de los senderos que recorren la montaña son un espectáculo visual comparable a pocas cosas en el mundo. El significado y origen de esas miles de toriis es la mejor explicación de la cultura japonesa. Cada una de las toriis ha sido donada por una persona, una familia o una empresa. Se trata de una ofrenda al ‘dios de la prosperidad’ para recibir su bendición. Un enfoque reflexivo y científico nos llevaría inevitablemente a pensar en superstición. No sé si lo es, pero no es lo que sientes mientras asciendes y desciendes a través de miles de toriis observado a cada paso por la mirada de los zorros de piedra que reinan en la montaña. En el sintoísmo los animales son los mensajeros de los kamis, los dioses de la naturaleza. El zorro es el mensajero de Inari, el dios del arroz. No todos subimos hasta la cima, solo algunos lo necesitábamos. Otros no. Inari estuvo con todos. Volvimos al hotel siendo sintoístas. No puedes no ser sintoísta, aunque sí puedes no recordarlo.

Kioto nos regaló la experiencia japonesa, budista y sintoísta. Con todo ello arropando el alma fuimos a Kurama.

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