martes, 13 de junio de 2017

Viaje de Reiki a Japón - Kurama



El viaje de Reiki a Japón para realizar la maestría empezó en Kioto y continuó en Kurama.

Cuando vas a Japón en un viaje relacionado con Reiki sueñas con ir a Kurama, al fin y al cabo allí nació Reiki; deseas saber si realmente es un lugar especial o no. Kurama nunca decepciona, es, sin duda, mi rincón favorito de Japón. 

Era primavera en un país donde las estaciones son lo que se espera que sean. Algunos días fueron soleados, otros lluviosos. Al contrario de lo que suele suceder en occidente, los japoneses no parecen molestarse si el día amanece lluvioso; al contrario, para ellos la lluvia es uno de los elementos de la naturaleza más venerado. La reciben felices.Yo estaba un poco preocupado. No me importaba si algún día llovía en Kioto o en Tokio, pero prefería que no lloviera el día que íbamos a Kurama. No lo hizo. Las temperaturas ascendieron a 23 grados. El día más caluroso de la primavera.

El viaje a Kurama empezó desde Gion, donde estábamos hospedados. Gion es uno de los barrios más bonitos y auténticos de todo Japón. Caminamos el medio kilómetro entre el hotel y la estación de metro. Un paseo más que agradable. Compramos comida para un picnic en Kurama: bolas de arroz, noodels, ensaladas, sushi, te verde y algo de fruta. Entramos en el metro. Para algunos era la primera vez que iban en metro en Japón. El metro en Japón es toda una experiencia: limpio, ordenado, extremadamente puntual, silencioso. En diez minutos llegamos al intercambiador con el tren que lleva directamente a Kurama. Subimos al tren y disfrutamos de los 40 minutos de trayecto. Última parada: Kurama.

Kurama es un pequeño pueblo en medio de un estrecho valle. Tan solo hay una calle, con casas a ambos lados, y un río. Al final de la calle está Kurama Onsen, un famoso Ryokan (hotel tradicional japonés) famoso por sus Onsen (balnearios). Ese sería nuestro destino final, pero antes íbamos a subir y disfrutar de Kurama Yama (la montaña de Kurama) y meditar en Kurama Dera (el templo de Kurama).

Al salir de la estación de tren de Kurama, si sigues recto de unos cincuenta metros y después giras a la izquierda te encuentras con las primeras escalinatas de Kurama. El lugar es precioso, y casi siempre está vacío de gente. Subimos las escaleras para llegar a la entrada principal del sendero que lleva a los templos. Todos estábamos entusiasmados. Sonrisas, fotos, comentarios…

Como en todos los lugares sagrados de Japón, en la entrada hay una fuente para purificarse. Uno a uno fuimos pasando para llevar a cabo el ritual: Agua en la mano izquierda, agua en la mano derecha, enjuagarse la boca y limpiar el bambú que sirve de cazo. 

Empezamos la subida a pie por unas escaleras seguidas de una rampa ascendente de unos trescientos metros. Justo a mitad de la rampa, a mano izquierda, hay un pequeño templo sintoísta junto a un salto de agua. Primera parada. El lugar ideal para explicar los orígenes de Kenyoku ho (la técnica de la ducha seca). La inspiración de esta técnica proviene del  sintoísmo, de un ritual llamado Misogi, que consiste en sentarse en meditación bajo una cascada de agua fría. Mientras explicaba podía percibir el entusiasmo de todos. No por mis explicaciones, sino por estar donde estaban.

Continuamos subiendo para llegar a otra ‘puerta de entrada’ a un lugar sagrado. Justo después de la puerta hay tres cedros centenarios con unas cuerdas a su alrededor. Estas cuerdas, llamadas Shimenawa suelen colocarse para venerar a los Kamis de la montaña: los Espíritus de Kurama. En Japón desde la antigüedad se cree que ciertos tipos de árboles sirven como morada a los Kami, las deidades espirituales del sintoísmo. El cedro del centro, junto a las escaleras, es el más espectacular y fascinante. Resulta casi imposible pasar a su lado sin hacer una reverencia. Todos la hicimos, al fin y al cabo entrábamos en su reino para disfrutar de sus obsequios. Puedo decir que todos nos sentimos bendecidos. Era una sensación palpable. Los Kamis de Kurama nos acogieron con los brazos abiertos. Seguimos subiendo con fuerzas renovadas.

A mitad de camino encontramos una nueva puerta que daba paso a la impresionante escalinata que conduce hasta los templos. El ascenso es algo exigente pero transmite un sentimiento de espiritualidad difícil de describir. Los cedros que ascienden como lanzas hacia el cielo acompañan a los caminantes durante todo el trayecto. Es un lugar bello, místico. Llegamos al primero de los templos. En el monte de Kurama hay varios templos, uno de ellos, el primero que encuentras siguiendo el sendero hacia la cima es sin lugar a dudas el mejor para meditar. Normalmente nadie entra debido a que hay que desviarse un poco del camino y la entrada está en un lateral. Entramos. Nadie en el interior. Silencio. Nos sentamos respetuosamente en el suelo de bambú para meditar. Cerramos la puerta corredera. Hice sonar las campanas y todos nos quedamos en absoluto silencio. ¡Estábamos meditando en Kurama! Veinte minutos después los Kamis de Kurama, el espíritu de Usui Sensei y la magia de Japón nos regalaron uno de los momentos más especiales de nuestros caminos con Reiki. Mientras meditábamos, un monje budista de la orden de Kurama entró respetuoso al templo. Diligente preparó las velas, ofrendas y demás para un ritual que no esperábamos. Se sentó frente al Buda que preside el interior del templo y empezó a recitar el Sutra del Corazón en japonés. Ahí estábamos nosotros, los únicos en el templo junto a él, escuchando con lágrimas en los ojos el Sutra más representativo del budismo Mahāyāna. 

Gratitud.

Entre el silencio necesario para la introspección y las ganas de comentar la experiencia con los demás fuimos al templo principal: Kurama Dera. Una plaza preside el lugar, en el medio de la plaza un círculo, y en el centro del círculo, marcado en el suelo, el lugar de poder de Kurama. Uno a uno pasamos por el centro para terminar haciendo un enorme círculo con todos cogidos de las manos. Reiki. Después de visitar el templo, comprar incienso y tomar algunas fotos, practicamos Reiju (Iniciación) en los diferentes bancos que hay alrededor de la plaza. La imagen de todos llevando a cabo el ritual más profundo del Reiki Ryoho frente a Kurama Dera es difícil de superar. Todos estábamos emocionados, felices, conectados… 

Con respeto y afecto, uno a uno hicimos sonar la imponente campana del templo. Seguimos ascendiendo por el sendero que lleva a la cima. Después de Kurama Dera el sendero se vuelve algo más salvaje, exigente… pero precioso. Pasamos al lado de varios lugares de retiro, pequeñas cabañas donde los buscadores de silencio se retiran durante días para meditar y encontrar lo que nunca perdieron. En una de esas cabañas Usui Sensei sintió Reiki por primera vez.

En la cima de Kurama se encuentra uno de los espectáculos de la naturaleza más bonitos del lugar: Las raíces de los árboles crean una red espectacular sobre la superficie. La historia cuenta que allí se lastimó el dedo de un pié Usui Sensei. Justo en ese lugar nos sentamos para comer y descansar.

Seguimos el sendero que descendía hacia Kibune, el pueblo situado en el otro valle del monte Kurama. Realizamos nuestra siguiente parada: una espacio abierto y llano junto a un templo, un pequeño estanque y varios cedros centenarios morada de los Kami. Meditamos y practicamos Reiki todos juntos antes de emprender nuestro camino de regreso. En actitud meditativa caminamos, primero en sentido ascendente y después descendente, todo el camino de regreso al pueblo de Kurama. Ya en el pueblo seguimos la única calle del lugar. 

Kurama es un pueblo pequeño, muy pequeño, que transcurre por el estrecho valle a la ladera del monte Kurama. Sin embargo, el pueblo es famoso por el Ryokan  Kurama Onsen, un hotel tradicional japonés de menos de diez habitaciones y unos baños muy populares. Nuestro destino final.

Mujeres por un lado y hombres por otro tomamos primero los baños interiores para terminar disfrutando de los baños exteriores con vistas al monte de Kurama. Allí estuve durante mucho, mucho tiempo, admirando en silencio la imponente ladera verde del monte Kurama. Cuando decidí salir, todos, absolutamente todos, ya esperaban en la sala de relajación. 

Comimos en el restaurante tradicional japonés de Kurama Onsen. Sentados en el suelo y con una taza de té verde en la mano admiramos los rituales que los japoneses siempre llevan a cabo a la hora de servir la cena. Normalmente en la cena sueles comentar con los compañeros las experiencias del día, que eran muchas, pero la propia cena se llevó el protagonismo.


El viaje en tren de regreso a Kioto nos dio a todos tiempo para entender que la experiencia de Kurama necesitaría muchos meses para ser digerida. Muchos. 

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